
Recuerdas que cuando eras pequeña decías que serías princesa, como Xena. Decías que las princesas de Disney eran tontas y cursis, tú hubieses preferido montar a horcajadas y enarbolar un acero antes que esperar a que te rescatasen de tu castillo. Hubieses preferido soñar cientos de años con una palabra amable a despertar por culpa de un chillido. Hubieses preferido comer la manzana envenenada a ser vencida. Hubieses preferido bailar con la bestia a tener un príncipe que te pegara a cada ocasión. Hubieses preferido quedarte en tierra y olvidar el mar en el que naciste que volver a una jaula de cojines y lujos. Hubieses preferido morir a manos de la madrastra que morir por amor no correspondido.
Pero creciste, y viste que ser como Xena no era tan fácil. Los enemigos eran demasiado grandes para tu cuerpecito débil, y solo conseguías derrotar a tus adversarios cuando te convertías en otra persona. Quizá Xena también era así. Quizá Xena también era tan delicada como tú, pero lo escondía mejor. Quizá. ¿Cuánto darías por un disfraz de ella? ¿Cuánto darías por ser así de fuerte, por tener siempre las palabras, los puños apretados? Sabes que lo darías todo. Darías todo lo que tienes por convertirte en un monstruo sin alma, sin culpabilidad, sin odio, sin cariño. Sin nada.
¿Es eso lo que deseas? ¿Ser inalcanzable? ¿No volver a llorar?
Ahora dudas... como dudaste al intentar vestirte de la princesa guerrera o de la pequeña plebeya que eres. Ya ves, todos los sueños se destrozan algún día. No conseguiste (ni conseguirás) ser como Xena.
Ya no pediré nada. Solo dormir en paz. Dormir en paz.




